Entre mis brazos
Desnudo artístico , 2015
Andrea Rivera
Aquí voy de nuevo, a escribir sobre lo que no distingo,
todavía no sé (y quizá no sepa) como se leerá mejor
aún no decido si lo imprimo a blanco y negro o a color.Te veo con los colores de costumbre,
con tu suéter de estambre, tus jeans azules,
caminas despacio cuando pasas por aquí
o así lo veo yo, o así lo haces tú.La impresión de verte lejos de tu zona de confort,
notar la debilidad de tus palabras sonrojadas,
la velocidad de tu respiración, la mía y la de los dos
hacen juego con el tráfico de media tarde,
yo creo que no, pero que importa, hace calor
y no por eso me derrito.Mi impresión de ti, es a color, no te distingo
como al azul con el morado, como al rosa con el gris
como siempre me ha pasado, el rojo y anaranjado
el verde y el amarillo, son los tonos de hoy y ayer
de ayer y siempre, de mañana también.Me decidí por fin, imprimiré a blanco y negro el día de hoy,
quizá mañana no hay tráfico de media tarde
y tal vez después no habrá calor.
Me gusta que lluevas,
que mojes todo lo que de ti no se oculta,
me gusta que empapes el asfalto
que tus lágrimas mediterráneas
encuentren su caídaMás sin embargo, te detesto
por arruinar un día perfecto,
por ser impredecible,
por cambiar respecto al viento.
La que teme sufrir ya sufre
Erick Chávez / November 5, 2015
Hace un tiempo, cuando el hombre era dominante sobre el sexo contrario, escuchaba de cualquier mujer las frases “es que, como típico hombre no se quiere comprometer” “Me lastimó” “Ya no quiero sufrir”.
Creo acostumbradas a escuchar (y ojo de escuchar, no de vivir en carne propia) siempre lo mismo, y evidentemente hartas; fue entonces cuando las mujeres en uso pleno de la teoría Darwiniana de la supervivencia del más apto, desarrollaron esto que para mí al menos, es una de los sentimientos más deplorables en el ser humano: el miedo.
El miedo por sí solo no tiene nada de malo, al contrario, es un sentimiento como cualquier otro siempre que se sepa manejar nos ayudará eventualmente a prevenirnos de situaciones que por instinto no queremos vivir. Sin embargo, como todos los sentimientos, solemos abusar de ellos.
Los sentimientos como es obvio, se sienten, no se tocan. Y precisamente es en ese plano justo donde deberían quedarse, en el plano inmaterial- invisible.
El problema se destapa entonces, cuando me doy cuenta que las mujeres una vez que conocieron el miedo, no sólo lo vieron directamente a los ojos; sino que lo abrazaron. Lo sembraron. Lo cosecharon, y ahora viven junto/encima/debajo/sobre el mismo miedo.
Aldoux Huxley dijo: “El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.
Shakespeare dijo: “De lo que tengo miedo es de tu miedo”.
Leopardi dijo: “No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo”.
Ludwig Börne dijo: “El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo”.
Creo que no solo es idea mía,
el miedo las hace cobardes,
peligrosas para sí mismas,
y para los demás,
las hace inhumanas.
Mi abuelo decía: “El que teme sufrir ya sufre el temor”, y eso pasa. Mientras sigan caminando con ese enorme escudo, ya lo estarán cargando, y dependiendo de cuanto sea su miedo será el mismo peso del escudo que van cargando.
Y a saber de ustedes mismas, éste se ha convertido en su escudo. ¿Escudo para qué? –según sus propias versiones- para la segunda cosa más estúpida que he escuchado, para no salir lastimadas o lastimar.
Haré una pausa. Y es que esto me llevo a recordar la primera vez que fui al mar con papá.
Tenía 6 o 7 años, estábamos en Acapulco. Mi padre siempre quiso llevarme desde tiempo antes a “conocer el mar” sin embargo por cuestiones de adultos no había podido darse.
Llegamos en un auto viejo y no muy veloz después de haber salido en la tarde de casa, pasamos por ene cantidad de altercados con el auto, con las casetas, con la carretera, con la policía de tránsito, con todo; al fin llegamos.
Yo, naturalmente en un niño de esa edad, solo escuchaba desde el hotel (por cierto nada lujoso) el sonido de las olas al romper, moría por correr a toda prisa y tocar el mar, sentirlo, pero era tarde, aproximadamente las 2 de la mañana, y mamá prohibió que nos acercáramos mi padre y yo a esa hora al mar, decepcionado, fui a dormir.
Unas horas más tarde, papá susurró en mi oído:
-Enano, levántate, y sin hacer mucho ruido.
Lo hice, nos fuimos a las 4 am a conocer el mar. Papá y yo nos habíamos convertido en cómplices de una de las experiencias más increíbles de mi vida.
Cuando llegamos a la orilla, mis tenis salieron disparados y corrí hacia el mar, lo toqué, lo olí, lo sentí, fue increíble, mejor de lo imaginado, me sentí feliz, realmente feliz. Impresionado por tan monumental vista.
Después de unos minutos papá me dijo que era tiempo de retirarnos, la marea era muy alta y era peligroso estar ahí. Así que me acerque por los tenis que hacía unos minutos había lanzado de una patada… sin fijarme una gran ola cubrió mis 120 centímetros de estatura y me cayó de un solo golpe. Perdí la dirección, no sabía si estaba acostado, de pie o sentado, recuerdo que la arena entraba en mi boca y el agua salada a mi nariz y ojos. No podía respirar, me estaba ahogando. Fueron minutos horribles, los peores.
Sentí un fuerte tirón en el pelo, me aferre al brazo que lo provocaba, era mi padre que de un movimiento sacó mi cabeza del agua y me llevo a su hombro cargándome sin pensarlo. Corrió cargándome a la orilla y ahí nos sentamos unos minutos. Debí estar debajo de aquella ola no más de 15 segundos, pero fueron los más largos de mi vida.
Cuando todo había pasado y mi respiración volvió a la normalidad, mi pulso dejo de temblar pensé y grité a mi papá:
-¡No quiero nunca más volverme a meter a este estúpido mar! No cabía mas furia en mí por lo que aquel monstruo me había provocado.
Papá, sabiamente me dijo “No porque el mar te haya revolcado, vas a dejar de sentirlo”.
En ese momento pensé que solo se refería al hecho de que debíamos divertirnos en aquellas vacaciones y que no me desanimara por lo que me había pasado aquella madrugada. Pero no, no se refería a eso, se refería a que por ningún motivo, ningún día huyera de algo por miedo.
Claro que al día siguiente tuve miedo, pero lo vencí, lo vencimos, él estuvo conmigo. Me metí al mar, de nuevo lo sentí, de nuevo fue increíble.
Todos los años desde entonces voy dos veces al año al mar y cuando lo digo es porque voy al mar, no salgo de él durante el día entero. Sé que algún momento me arrastrará –porque ya lo hizo- y me hará recordar aquella amarga experiencia y seguramente me generará un trauma, me lastimará, y podría incluso matarme. Sin embargo no es motivo suficiente para que yo olvide lo bien que me siento estando en él.
No dejes que el miedo llegue a ti. Y si llega, véncelo y atrévete, o vive prisionero del mismo. Eso aprendí aquella madrugada.
Ahora quiero plantear un par de preguntas;
¿Quién les dijo que lastimarse es malo? ¿Qué les hace pensar que el miedo no las está lastimando ya? Te has puesto a pensar a cuantas personas vas lastimando, o mejor aún, cuánto daño te estás haciendo…
¿Se han puesto a pensar cuantas personas valiosas o situaciones importantes han perdido por el miedo? ¿Pretenden vivir su vida o solo ver cómo los demás viven la suya?
Creo que no se dan cuenta que están muertas en vida.
Dentro de esto hay –como en todo- buenas y malas noticias. Tarde o temprano, ese escudo se caerá y perderán el miedo. La mala: Volverán a caer.
Serán lastimadas, pero esta vez les dolerá más, la razón es muy sencilla, como toda parte del cuerpo, los sentimientos si no se curten, duelen. Es decir, a raíz de que creces, desarrollas habilidades, y en este caso especifico, me refiero a que vamos viviendo situaciones y acumulando experiencias, tristezas, alegrías pero también decepciones y desencuentros que hacen costra en nuestro sentir.
La mala noticia es que por miedo han resguardado sus sentimientos y les han dejado sin protección, sin costra. En cuanto salgan dolerán, y así será porque así es la vida… no se puede vivir sin sufrir, no se puede ganar sin apostar, nadie se puede levantar sin caer. Nadie sale seco del mar.
La naturaleza es sabia, yo no. Es bien sabido que un recién nacido cuya piel no ha sentido la luz del sol, si se expone a éste sufrirá de quemaduras que quizá, le duren toda la vida, en cambio un viejo que ha vivido tantos soles y amaneceres sin más protección que su propia piel, los rayos del sol lejos de hacerle daño, le brindan energía y le son necesarios para vivir.
¿Es aquí donde radica su “inteligencia”? Si no saben leer, síganse escondiendo y sigan viendo los toros desde la barrera.